
Quiero el silencio del fondo del río
y la paz infinita de su corazón;
sus besos, sin dueño, que crean suspiros,
y darle un hogar a esta errante ilusión.
Que el fuego abrace con cálido brío
su alma, prisionera de la razón,
y que se vuelva nada el terco retiro,
que impulsa a las velas al mar del perdón.
No quedan palabras, solamente frío,
y el llanto de la tierra por su creación,
que busca entre horas un mustio respiro,
y aunque suene imposible, no hay otra opción.
Manuel Alejandro Cruz
(La Luna y Venus en una espectacular conjunción. Foto de la facultad de astronomía de la UCM.)



